Lunes, 19 de noviembre de 2007

Berenice

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BERENICE

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
EBN ZAIAT

La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de ?ste, a la vez tan distintos y tan ?ntimamente unidos. ?Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ?C?mo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un s?mil del dolor? Igual que en la ?tica el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegr?a nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agon?as que son se originan en los ?xtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no dir? mi apellido. Sin embargo, no hay en este pa?s torres m?s venerables que las de mi sombr?a y l?gubre mansi?n. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el car?cter de la mansi?n familiar, en los frescos del sal?n principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galer?a de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por ?ltimo, en la naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros a?os se relacionan con esta mansi?n y con sus libros, de los que ya no volver? a hablar. All? muri? mi madre. All? nac? yo. Pero es in?til decir que no hab?a vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ?Lo neg?is? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas et?reas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra tambi?n por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi raz?n.
En esa mansi?n nac? yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parec?a, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginaci?n, a los extra?os dominios del pensamiento y de la erudici?n mon?sticos, no es extra?o que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi ni?ez entre libros y disipara mi juventud en ensue?os; pero s? es extra?o que pasaran los a?os y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansi?n de mis antepasados; es asombrosa la par?lisis que cay? sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversi?n completa en el car?cter de mis pensamientos m?s comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, s?lo como visiones, mientras las extra?as ideas del mundo de los sue?os, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi c?nica y total existencia.

Berenice y yo ?ramos primos y crecimos juntos en la mansi?n de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ?gil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; m?os, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en m? mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditaci?n; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ?Berenice! -Invoco su nombre-, ?Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ?Ah, acude v?vida su imagen a m?, como en sus primeros d?as de alegr?a y de dicha! ?Oh encantadora y fant?stica belleza! ?Oh s?lfide entre los arbustos de Arnheim! ?Oh n?yade entre sus fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad mortal- cay? sobre ella como el sim?n, y, mientras yo la contemplaba, el esp?ritu del cambio la arras?, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su car?cter, y de la forma m?s sutil y terrible lleg? a alterar incluso su identidad. ?Ay! La fuerza destructora iba y ven?a, y la v?ctima..., ?d?nde estaba? Yo no la conoc?a, o, al menos, ya no la reconoc?a como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencaden? una revoluci?n tan horrible en el ser moral y f?sico de mi prima, hay que mencionar como la m?s angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinci?n de la vida, del cual, en la mayor?a de los casos, se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no deber?a darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crec?a con extrema rapidez, asumiendo un car?cter monoman?aco de una especie nueva y extraordinaria, que se hac?a m?s fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre m? un incomprensible ascendiente. Esta monoman?a, si as? tengo que llamarla, consist?a en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia psicol?gica designa con la palabra atenci?n. Es m?s que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de inter?s con que en mi caso las facultades de meditaci?n (por no hablar en t?rminos t?cnicos) actuaban y se concentraban en la contemplaci?n de los objetos m?s comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con la atenci?n fija en alguna nota trivial, en los m?rgenes de un libro o en su tipograf?a; estar absorto durante buena parte de un d?a de verano en una sombra extra?a que ca?a oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una l?mpara o los rescoldos del fuego; so?ar d?as enteros con el perfume de una flor; repetir mon?tonamente una palabra com?n hasta que el sonido, gracias a la continua repetici?n, dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia f?sica, mediante una absoluta y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: ?stas eran algunas de las extravagancias m?s comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no ?nico, pero capaz de desafiar cualquier tipo de an?lisis o explicaci?n.
Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atenci?n, excitada as? por objetos triviales en s?, no tiene que confundirse con la tendencia a la meditaci?n, com?n en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas de una imaginaci?n inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situaci?n grave ni la exageraci?n de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el so?ador o el fan?tico, interesado por un objeto normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de ?l, hasta que, al final de una enso?aci?n llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquir?a, mediante mi visi?n perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si hab?a alguna, surg?an, y esas pocas volv?an pertinazmente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la enso?aci?n, la primera causa, lejos de perderse de vista, hab?a alcanzado ese inter?s sobrenaturalmente exagerado que constitu?a el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que m?s ejerc?a la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atenci?n; mientras que en el caso del so?ador son las de la especulaci?n.
Mis libros, en esa ?poca, si no serv?an realmente para aumentar el trastorno, compart?an en gran medida, como se ver?, por su car?cter imaginativo e inconexo, las caracter?sticas peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de San Agust?n, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia parad?jica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocup? durante muchas semanas de in?til y laboriosa investigaci?n todo mi tiempo.
As? se ver? que, arrancada, de su equilibrio s?lo por cosas triviales, mi raz?n se parec?a a ese pe?asco marino del que nos habla Ptolomeo Hefesti?n, que resist?a firme los ataques de la violencia humana y la furia m?s feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asf?delo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteraci?n producida en la condici?n moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habr?a proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditaci?n intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era ?ste el caso. En los intervalos l?cidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba l?stima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que hab?a llegado a producirse una revoluci?n tan repentina y extra?a. Pero estas reflexiones no compart?an la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al com?n de los mortales. Fiel a su propio car?cter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero m?s llamativos, producidos en la constituci?n f?sica de Berenice, en la extra?a y espantosa deformaci?n de su identidad personal.
En los d?as m?s brillantes de su belleza incomparable no la am?. En la extra?a anomal?a de mi existencia, mis sentimientos nunca ven?an del coraz?n, y mis pasiones siempre ven?an de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediod?a y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella hab?a flotado ante mis ojos, y yo la hab?a visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sue?o; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracci?n; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la m?s abstrusa aunque inconexa especulaci?n. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidec?a cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, record? que me hab?a amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le habl? de matrimonio.
Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos d?as intempestivamente c?lidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alc?one estaba yo sentado (y cre?a encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante m?.
?Fue mi imaginaci?n excitada, la influencia de la atm?sfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolv?an su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabr?a decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una s?laba. Un escalofr?o helado cruz? mi cuerpo; me oprimi? una sensaci?n de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadi? mi alma, y, reclin?ndome en la silla, me qued? un rato sin aliento, inm?vil, con mis ojos clavados en su persona. ?Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola l?nea del contorno. Mi ardiente mirada cay? por fin sobre su rostro.
La frente era alta, muy p?lida, y extra?amente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache ca?a parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fant?stico, con la melancol?a de su rostro. Sus ojos no ten?an brillo y parec?an sin pupilas; y esquiv? involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contra?dos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresi?n peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ?Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, despu?s de verlos, hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubr? que mi prima hab?a salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ?ay!, no hab?a salido ni se pod?a apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes hab?a en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los ve?a con m?s claridad que un momento antes. ?Los dientes! ?Los dientes! Estaban aqu?, y all?, y en todas partes, visibles y palpables ante m?, largos, finos y excesivamente blancos, con los p?lidos labios contray?ndose a su alrededor, como en el mismo instante en que hab?an empezado a crecer. Entonces lleg? toda la furia de mi monoman?a, y yo luch? en vano contra su extra?a e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo s?lo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo fren?tico. Todos las dem?s preocupaciones y los dem?s intereses quedaron supeditados a esa contemplaci?n. Ellos, ellos eran los ?nicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examin? bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analic? sus caracter?sticas. Estudi? sus peculiaridades. Me fij? en su conformaci?n. Pens? en los cambios de su naturaleza. Me estremec? al atribuirles, en la imaginaci?n, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresi?n moral. De mademoiselle Sall? se ha dicho con raz?n que tous ses pas ?taient des sentiments, y de Berenice yo cre?a seriamente que toutes ses dents ?taient des ?d?es. Des id?es! ?Ah, este absurdo pensamiento me destruy?! Des id?es! ?Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sent? que s?lo su posesi?n me podr?a devolver la paz, devolvi?ndome la raz?n.
Y la tarde cay? sobre m?; y vino la oscuridad, dur? y se fue, y amaneci? el nuevo d?a, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo segu?a inm?vil, sentado, en aquella habitaci?n solitaria; y segu? sumido en la meditaci?n, y el fantasma de los dientes manten?a su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitaci?n. Al fin irrumpi? en mis sue?os un grito de horror y consternaci?n; y despu?s, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levant? de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en l?grimas, quien me dijo que Berenice ya no exist?a. Hab?a sufrido un ataque de epilepsia por la ma?ana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro.
Me encontr? sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parec?a que hab?a despertado de un sue?o confuso y excitante. Sab?a que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no ten?a una idea exacta, o por los menos definida, de ese melanc?lico per?odo intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror m?s horrible por ser vago, terror m?s terrible por ser ambiguo. Era una p?gina espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luch? por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el esp?ritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parec?a sonar en mis o?dos. Yo hab?a hecho algo. Pero, ?qu? era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitaci?n me contestaron: ?Qu? era?
En la mesa, a mi lado, brillaba una l?mpara y cerca de ella hab?a una peque?a caja. No ten?a un aspecto llamativo, y yo la hab?a visto antes, pues pertenec?a al m?dico de la familia. Pero, ?c?mo hab?a llegado all?, a mi mesa y por qu? me estremec? al fijarme en ella? No merec?a la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las p?ginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extra?as pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ?Por qu?, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me hel? la sangre en las venas?
Son? un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, p?lido como habitante de una tumba, un criado entr? de puntillas. Hab?a en sus ojos un espantoso terror y me habl? con una voz quebrada, ronca y muy baja. ?Qu? dijo? O? unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que hab?a turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de d?nde proced?a, y su voz recobr? un tono espeluznante, claro, cuando me habl?, susurrando, de una tumba profanada, de un cad?ver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que a?n respiraba, a?n palpitaba, ?a?n viv?a!
Se?al? mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contest? nada; me tom? suavemente la mano: ten?a huellas de u?as humanas. Dirigi? mi atenci?n a un objeto que hab?a en la pared; lo mir? durante unos minutos: era una pala. Con un grito corr? hacia la mesa y agarr? la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escap? de las manos, y se cay? al suelo, y se rompi? en pedazos; y entre ?stos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirug?a dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.

Tags: E Allan Poe, vampiros, Berenice, narraciones, extraordinarias, cuentos, relatos

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