Lunes, 19 de enero de 2009

Historia de Abdula, el mendigo ciego

Historia de Abdula, el mendigo ciego

[Cuento de

Las mil y una noches: Texto completo]

Anónimo


El mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera

acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:

-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y

con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las

caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.

Una tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los

camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un

derviche que iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos

pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo

que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de

cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él. Arrebatado de

gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciendo

darle en agradecimiento un camello cargado. El derviche entendió que la codicia me

hacía perder el buen sentido y me contestó:

-Hermano, debes comprender que tu oferta no guarda proporción con la fineza que

esperas de mí. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero

bien y te haré una proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos

los ochenta camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos

separaremos, tomando cada cual su camino.

Esta proposición razonable me pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de

los cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera

no menos rico que yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de

haber perdido esa ocasión.

Reuní los camellos y nos encaminamos a un valle rodeado de montañas altísimas, en el

que entramos por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.

El derviche hizo un haz de leña con las ramas secas que recogió en el valle, lo encendió

por medio de unos polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos, a

través de la humareda, que se abría la montaña y que había un palacio en el centro.

Entramos, y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada fueron unos montones de

oro sobre los que se arrojó mi codicia como el águila sobre la presa, y empecé a llenar

las bolsas que llevaba.

El derviche hizo otro tanto, noté que prefería las piedras preciosas al oro y resolví copiar

su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña,

sacó de una jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver,

contenía una pomada, y la guardó en el seno.

Salimos, la montaña se cerró, nos repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las

palabras más expresivas le agradecí la fineza que me había hecho, nos abrazamos con

sumo alborozo y cada cual tomó su camino.

No había dado cien pasos cuando el numen de la codicia me acometió. Me arrepentí de

haber cedido mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolví quitárselos al

derviche, por buenas o por malas. El derviche no necesita esas riquezas -pensé-, conoce

el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.

Hice parar mis camellos y retrocedí corriendo y gritando para que se detuviera el

derviche. Lo alcancé.

-Hermano -le dije-, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir

pacíficamente, sólo experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca

dirigir cuarenta camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun así te

verás en apuros para gobernarlos.

-Tienes razón -me respondió el derviche-. No había pensado en ello. Escoge los diez

que más te acomoden, llévatelos y que Dios te guarde.

Aparté diez camellos que incorporé a los míos, pero la misma prontitud con que había

cedido el derviche, encendió mi codicia. Volví de nuevo atrás y le repetí el mismo

razonamiento, encareciéndole la dificultad que tendría para gobernar los camellos, y me

llevé otros diez. Semejante al hidrópico que más sediento se halla cuanto más bebe, mi

codicia aumentaba en proporción a la condescendencia del derviche. Logré, a fuerza de

besos y de bendiciones, que me devolviera todos los camellos con su carga de oro y de

pedrería. Al entregarme el último de todos, me dijo:

-Haz buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que te las ha dado, puede

quitártelas si no socorres a los menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el

desamparo para que los ricos ejerciten su caridad y merezcan, así, una recompensa

mayor en el Paraíso.

La codicia me había ofuscado de tal modo el entendimiento que, al darle gracias por la

cesión de mis camellos, sólo pensaba en la cajita de sándalo que el derviche había

guardado con tanto esmero.

Presumiendo que la pomada debía encerrar alguna maravillosa virtud, le rogué que me

la diera, diciéndole que un hombre como él, que había renunciado a todas las vanidades

del mundo, no necesitaba pomadas.

En mi interior estaba resuelto a quitársela por la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el

derviche sacó la cajita del seno, y me la entregó.

Cuando la tuve en las manos, la abrí. Mirando la pomada que contenía, le dije:

-Puesto que tu bondad es tan grande, te ruego que me digas cuáles son las virtudes de

esta pomada.

-Son prodigiosas -me contestó-. Frotando con ella el ojo izquierdo y cerrando el

derecho, se ven distintamente todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra.

Frotando el ojo derecho, se pierde la vista de los dos.

Maravillado, le rogué que me frotase con la pomada el ojo izquierdo.

El derviche accedió. Apenas me hubo frotado el ojo, aparecieron a mi vista tantos y tan

diversos tesoros, que volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba de contemplar tan

infinitas riquezas, pero como me era preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo

derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche que me frotase con la pomada el ojo

derecho, para ver más tesoros.

-Ya te dije -me contestó- que si aplicas la pomada al ojo derecho, perderás la vista.

-Hermano -le repliqué sonriendo- es imposible que esta pomada tenga dos cualidades

tan contrarias y dos virtudes tan diversas.

Largo rato porfiamos; finalmente, el derviche, tomando a Dios por testigo de que me

decía la verdad, cedió a mis instancias. Yo cerré el ojo izquierdo, el derviche me frotó

con la pomada el ojo derecho. Cuando los abrí, estaba ciego.

Aunque tarde, conocí que el miserable deseo de riquezas me había perdido y maldije mi

desmesurada codicia. Me arrojé a los pies del derviche.

-Hermano -le dije-, tú que siempre me has complacido y que eres tan sabio, devuélveme

la vista.

-Desventurado -me respondió-, ¿no te previne de antemano y no hice todos los

esfuerzos para preservarte de esta desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como has

podido comprobar en el tiempo que hemos estado juntos, pero no conozco el secreto

capaz de devolverte la luz. Dios te había colmado de riquezas que eras indigno de

poseer, te las ha quitado para castigar tu codicia.

Reunió mis ochenta camellos y prosiguió con ellos su camino, dejándome solo y

desamparado, sin atender a mis lágrimas y a mis súplicas. Desesperado, no sé cuántos

días erré por esas montañas; unos peregrinos me recogieron.

FIN

 


Tags: mil, una, noches, cuentos, árabes, oral

Comentarios

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Autor: Mata.Hari
Fecha: Viernes, 23 de enero de 2009
Hora: 11:46

Bonita historia. L?stima que muchos codiciosos sigan en el mundo real engrosando sus arcas con total impunidad. Saludos.
Autor: Invitado
Fecha: Jueves, 22 de octubre de 2009
Hora: 13:49

Sonrisai need it for an exam nd i really thanks u!!Muchas risasVacilando
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