Mi?rcoles, 01 de septiembre de 2010

Relectura de los relatos de Poe

El entierro prematuro

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Edgar Allan Poe

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Hay ciertos temas de inter?s absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficci?n. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. S?lo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el m?s intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolom? o de la muerte por asfixia de los ciento veintitr?s prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecer?an sencillamente abominables. He mencionado algunas de las m?s destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el car?cter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginaci?n. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible cat?logo de miserias humanas, podr?a haber escogido muchos ejemplos individuales m?s llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicci?n ?ltima, en realidad es particular, no difusa. ?Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agon?a los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!

Ser enterrado vivo es, sin ning?n g?nero de duda, el m?s terror?fico extremo que jam?s haya ca?do en suerte a un simple mortal. Que le ha ca?do en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negar?. Los l?mites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ?Qui?n podr?a decir d?nde termina uno y d?nde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es m?s que una suspensi?n, para llamarle por su nombre. Hay s?lo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto per?odo, alg?n misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los m?gicos pi?ones y las ruedas fant?sticas. La cuerda de plata no qued? suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ?d?nde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusi?n a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideraci?n, tenemos el testimonio directo de la experiencia m?dica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran n?mero de estos entierros. Yo podr?a referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de caracter?sticas muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan a?n vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurri? no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde caus? una conmoci?n penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los m?s respetables ciudadanos -abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burl? el ingenio de los m?dicos. Despu?s de padecer mucho muri?, o se supone que muri?. Nadie sospech?, y en realidad no hab?a motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro ten?a el habitual contorno contra?do y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marm?rea. Los ojos no ten?an brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres d?as el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquiri? una rigidez p?trea. Resumiendo, se adelant? el funeral por el r?pido avance de lo que se supuso era descomposici?n.

La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneci? cerrada durante los tres a?os siguientes. Al expirar ese plazo se abri? para recibir un sarc?fago, pero, ?ay, qu? terrible choque esperaba al marido cuando abri? personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cay? rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.

Una cuidadosa investigaci?n mostr? la evidencia de que hab?a revivido a los dos d?as de ser sepultada, que sus luchas dentro del ata?d hab?an provocado la ca?da de ?ste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el f?retro pudo salir de ?l. Apareci? vac?a una l?mpara que accidentalmente se hab?a dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporaci?n. En los pelda?os superiores de la escalera que descend?a a la espantosa cripta hab?a un trozo del ata?d, con el cual, al parecer, la mujer hab?a intentado llamar la atenci?n golpeando la puerta de hierro. Mientras hac?a esto, probablemente se desmay? o quiz?s muri? de puro terror, y al caer, la mortaja se enred? en alguna pieza de hierro que sobresal?a hacia dentro. All? qued? y as? se pudri?, erguida.

En el a?o 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumaci?n prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmaci?n de que la verdad es m?s extra?a que la ficci?n. La hero?na de la historia era mademoiselle [se?orita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre litt?rateur [literato] o periodista de Par?s. Su talento y su amabilidad hab?an despertado la atenci?n de la heredera, que, al parecer, se hab?a enamorado realmente de ?l, pero el orgullo de casta la llev? por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [se?or] R?nelle, banquero y diplom?tico de cierto renombre. Despu?s del matrimonio, sin embargo, este caballero descuid? a su mujer y quiz? lleg? a pegarle. Despu?s de pasar unos a?os desdichados ella muri?; al menos su estado se parec?a tanto al de la muerte que enga?? a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba com?n, en su aldea natal. Desesperado y a?n inflamado por el recuerdo de su cari?o profundo, el enamorado viaj? de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el rom?ntico prop?sito de desenterrar el cad?ver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Lleg? a la tumba. A medianoche desenterr? el ata?d, lo abri? y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama hab?a sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no hab?an desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente hab?a sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llev? a su alojamiento en la aldea. Emple? unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos m?dicos. En resumen, ella revivi?. Reconoci? a su salvador. Permaneci? con ?l hasta que lenta y gradualmente recobr? la salud. Su coraz?n no era tan duro, y esta ?ltima lecci?n de amor bast? para ablandarlo. Lo entreg? a Bossuet. No volvi? junto a su marido, sino que, ocultando su resurrecci?n, huy? con su amante a Am?rica. Veinte a?os despu?s, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo hab?a cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podr?an reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur R?nelle reconoci? a su mujer y la reclam?. Ella rechaz? la reclamaci?n y el tribunal la apoy?, resolviendo que las extra?as circunstancias y el largo per?odo transcurrido hab?an abolido, no s?lo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.

La Revista de Cirug?a de Leipzig, publicaci?n de gran autoridad y m?rito, que alg?n editor americano har?a bien en traducir y publicar, relata en uno de los ?ltimos n?meros un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas caracter?sticas.

Un oficial de artiller?a, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufri? una contusi?n muy grave en la cabeza, que le dej? inconsciente. Ten?a una ligera fractura de cr?neo pero no se percibi? un peligro inmediato. La trepanaci?n se hizo con ?xito. Se le aplic? una sangr?a y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cay? lentamente en un sopor cada vez m?s grave y por fin se le dio por muerto.

Hac?a calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios p?blicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llen? de visitantes, y alrededor del mediod?a se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habi?ndose sentado en la tumba del oficial, hab?a sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prest? demasiada atenci?n a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repet?a su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dej? al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresi?n de que estaba muerto, pero aparec?a casi sentado dentro del ata?d, cuya tapa, en furiosa lucha, hab?a levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital m?s cercano, donde se le declar? vivo, aunque en estado de asfixia. Despu?s de unas horas volvi? en s?, reconoci? a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relat? sus agon?as en la tumba.

Por lo que dijo, estaba claro que la v?ctima mantuvo la conciencia de vida durante m?s de una hora despu?s de la inhumaci?n, antes de perder los sentidos. Hab?an rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le lleg? un poco de aire. Oy? los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trat? de hacerse o?r. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despert? de un profundo sue?o, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situaci?n. Este paciente, seg?n cuenta la historia, iba mejorando y parec?a encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cay? v?ctima de la charlataner?a de los experimentos m?dicos. Se le aplic? la bater?a galv?nica y expir? de pronto en uno de esos paroxismos est?ticos que en ocasiones produce.

La menci?n de la bater?a galv?nica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acci?n result? ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos d?as. Esto ocurri? en 1831, y entonces caus? profunda impresi?n en todas partes, donde era tema de conversaci?n.

El paciente, el se?or Edward Stapleton, hab?a muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompa?ada de unos s?ntomas an?malos que despertaron la curiosidad de sus m?dicos. Despu?s de su aparente fallecimiento, se pidi? a sus amigos la autorizaci?n para un examen postm?rtem (autopsia), pero ?stos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los m?dicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. F?cilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cad?veres que abundan en Londres, y la tercera noche despu?s del entierro el supuesto cad?ver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quir?fano de un hospital privado.

Al practic?rsele una incisi?n de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugiri? la idea de aplicar la bater?a. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ning?n sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acci?n convulsiva.

Era ya tarde. Iba a amanecer y se crey? oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disecci?n. Pero uno de los estudiosos ten?a un deseo especial de experimentar una teor?a propia e insisti? en aplicar la bater?a a uno de los m?sculos pectorales. Tras realizar una tosca incisi?n, se estableci? apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento r?pido pero nada convulsivo, se levant? de la mesa, camin? hacia el centro de la habitaci?n, mir? intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habl?. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunci? algunas palabras, y silabeaba claramente. Despu?s de hablar, se cay? pesadamente al suelo.

Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvi? la presencia de ?nimo. Se vio que el se?or Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Despu?s de administrarle ?ter volvi? en s? y r?pidamente recobr? la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocult? toda noticia sobre la resurrecci?n hasta que ya no se tem?a una reca?da. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.

El dato m?s espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirm? el mismo se?or Stapleton. Declar? que en ning?n momento perdi? todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percib?a todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los m?dicos hasta cuando cay? desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disecci?n, hab?a intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.

Ser?a f?cil multiplicar historias como ?stas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren m?s frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna raz?n, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la m?s espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es m?s espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ning?n suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia f?sica y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresi?n de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra h?meda, la mortaja que se adhiere, el r?gido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volar?an a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podr?n saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el coraz?n a?n palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginaci?n m?s audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del m?s profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un inter?s profundo, inter?s que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y espec?ficamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal..

Durante varios a?os sufr? ataques de ese extra?o trastorno que los m?dicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagn?stico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su car?cter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo d?a o incluso un per?odo m?s breve en una especie de exagerado letargo. Est? inconsciente y externamente inm?vil, pero las pulsaciones del coraz?n a?n se perciben d?bilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloraci?n persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen m?s minucioso y las pruebas m?dicas m?s rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la v?ctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufr?a anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupci?n. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequ?vocas. Los ataques son cada vez m?s caracter?sticos y cada uno dura m?s que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumaci?n. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, ser?a casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.

Mi propio caso no difer?a en ning?n detalle importante de los mencionados en los textos m?dicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hund?a poco a poco en un estado de semis?ncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y let?rgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolv?a, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era r?pido, fulminante. Me sent?a enfermo, aterido, helado, con escalofr?os y mareos, y, de repente, me ca?a postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vac?o, negro, silencioso y la nada se convert?a en el universo. La total aniquilaci?n no pod?a ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos ?ltimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. As? como amanece el d?a para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, as? lenta, cansada, alegre volv?a a m? la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al s?ncope, mi salud general parec?a buena, y no hubiera podido percibir que sufr?a esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sue?o pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca pod?a recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanec?a siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensi?n.

En todos mis padecimientos no hab?a sufrimiento f?sico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginaci?n se volvi? macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios". Me perd?a en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba d?a y noche. Durante el primero, la tortura de la meditaci?n era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las t?tricas tinieblas se extend?an sobre la tierra, entonces, presa de los m?s horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las tr?mulas plumas de un coche f?nebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sum?a en una lucha que al fin me llevaba al sue?o, pues me estremec?a pensando que, al despertar, pod?a encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hund?a en el sue?o, lo hac?a s?lo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la ?nica, predominante y sepulcral idea. De las innumerables im?genes melanc?licas que me oprim?an en sue?os elijo para mi relato una visi?n solitaria. So?? que hab?a ca?do en un trance catal?ptico de m?s duraci?n y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se pos? en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurr? en mi o?do: "?Lev?ntate!"

Me incorpor?. La oscuridad era total. No pod?a ver la figura del que me hab?a despertado. No pod?a recordar ni la hora en que hab?a ca?do en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras segu?a inm?vil, intentando ordenar mis pensamientos, la fr?a mano me agarr? con fuerza por la mu?eca, sacudi?ndola con petulancia, mientras la voz farfullante dec?a de nuevo:

-?Lev?ntate! ?No te he dicho que te levantes?

-?Y t? - pregunt?- qui?n eres?

-No tengo nombre en las regiones donde habito -replic? la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de l?stima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el fr?o de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ?C?mo puedes dormir t? tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agon?as. Estos espect?culos son m?s de lo que puedo soportar. ?Lev?ntate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ?No es este un espect?culo de dolor?... ?Mira!

Mir?, y la figura invisible que a?n segu?a apret?ndome la mu?eca consigui? abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una sal?an las irradiaciones fosf?ricas de la descomposici?n, de forma que pude ver sus m?s escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sue?o con el gusano. Pero, ?ay!, los que realmente dorm?an, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dorm?an en absoluto, y hab?a una d?bil lucha, y hab?a un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos sal?a el melanc?lico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parec?an descansar tranquilos, vi que muchos hab?an cambiado, en mayor o menor grado, la r?gida e inc?moda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habl? de nuevo, mientras contemplaba:

-?No es esto, ?ah!, acaso un espect?culo lastimoso?

Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura hab?a soltado mi mu?eca, las luces fosf?ricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas sal?a un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "?No es esto, ?Dios m?o!, acaso un espect?culo lastimoso?"

Fantas?as como ?sta se presentaban por la noche y extend?an su terror?fica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrev?a a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ning?n ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrev?a a fiarme de m? lejos de la presencia de los que conoc?an mi propensi?n a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos m?s queridos. Tem?a que, en un trance m?s largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no hab?a remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quiz? se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de m?. En vano trataban de tranquilizarme con las m?s solemnes promesas. Les exig?a, con los juramentos m?s sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposici?n estuviera tan avanzada, que impidiese la conservaci?n. Y aun as? mis terrores mortales no hac?an caso de raz?n alguna, no aceptaban ning?n consuelo. Empec? con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mand? remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir f?cilmente desde dentro. A la m?s d?bil presi?n sobre una larga palanca que se extend?a hasta muy dentro de la cripta, se abrir?an r?pidamente los portones de hierro. Tambi?n estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ata?d preparado para recibirme. Este ata?d estaba acolchado con un material suave y c?lido y dotado de una tapa elaborada seg?n el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el m?s d?bil movimiento del cuerpo ser?a suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasar?a (estaba previsto) por un agujero en el ata?d y estar?a atada a una mano del cad?ver. Pero, ?ay!, ?de qu? sirve la precauci?n contra el destino del hombre? ?Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias m?s extremas de la inhumaci?n en vida a un infeliz destinado a ellas!

Lleg? una ?poca -como me hab?a ocurrido antes a menudo- en que me encontr? emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensaci?n d?bil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el p?lido amanecer gris del d?a ps?quico. Un desasosiego aletargado. Una sensaci?n ap?tica de sordo dolor. Ninguna preocupaci?n, ninguna esperanza, ning?n esfuerzo. Entonces, despu?s de un largo intervalo, un zumbido en los o?dos. Luego, tras un lapso de tiempo m?s largo, una sensaci?n de hormigueo o comez?n en las extremidades; despu?s, un per?odo aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; m?s tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un s?bito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un p?rpado; e inmediatamente despu?s, un choque el?ctrico de terror, mortal e indefinido, que env?a la sangre a torrentes desde las sienes al coraz?n. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un ?xito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertando de un sue?o corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un oc?ano, el ?nico peligro horrendo, la ?nica idea espectral y siempre presente abruma mi esp?ritu estremecido.

Unos minutos despu?s de que esta fantas?a se apoderase de m?, me qued? inm?vil. ?Y por qu?? No pod?a reunir valor para moverme. No me atrev?a a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi coraz?n me susurraba que era seguro. La desesperaci?n -tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, s?lo la desesperaci?n me empuj?, despu?s de una profunda duda, a abrir mis pesados p?rpados. Los levant?. Estaba oscuro, todo oscuro. Sab?a que el ataque hab?a terminado. Sab?a que la situaci?n cr?tica de mi trastorno hab?a pasado. Sab?a que hab?a recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.

Intent? gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz sali? de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una monta?a, jadeaban y palpitaban con el coraz?n en cada inspiraci?n laboriosa y dif?cil.? El movimiento de las mand?bulas, en el esfuerzo por gritar, me mostr? que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sent? tambi?n que yac?a sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me hab?a atrevido a mover ning?n miembro, pero al fin levant? con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las mu?ecas cruzadas. Chocaron con una materia s?lida, que se extend?a sobre mi cuerpo a no m?s de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ata?d.

Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querub?n, pues pens? en mis precauciones. Me retorc? e hice espasm?dicos esfuerzos para abrir la tapa: no se mov?a. Me toqu? las mu?ecas buscando la soga: no la encontr?. Y entonces mi consuelo huy? para siempre, y una desesperaci?n a?n m?s inflexible rein? triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que hab?a preparado con tanto cuidado, y entonces lleg? de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra h?meda. La conclusi?n era irresistible. No estaba en la cripta. Hab?a ca?do en trance lejos de casa, entre desconocidos, no pod?a recordar cu?ndo y c?mo, y ellos me hab?an enterrado como a un perro, metido en alg?n ata?d com?n, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba com?n y an?nima.

Cuando este horrible convencimiento se abri? paso con fuerza hasta lo m?s ?ntimo de mi alma, luch? una vez m?s por gritar. Y este segundo intento tuvo ?xito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agon?a reson? en los recintos de la noche subterr?nea.

-Oye, oye, ?qu? es eso? -dijo una ?spera voz, como respuesta.

-?Qu? diablos pasa ahora? -dijo un segundo..

-?Fuera de ah?! -dijo un tercero.

-?Por qu? a?lla de esa manera, como un gato mont?s? -dijo un cuarto.

Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideraci?n. No me despertaron del sue?o, pues estaba completamente despierto cuando grit?, pero me devolvieron la plena posesi?n de mi memoria.

Esta aventura ocurri? cerca de Richmond, en Virginia. Acompa?ado de un amigo, hab?a bajado, en una expedici?n de caza, unas millas por las orillas del r?o James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendi? una tormenta. La cabina de una peque?a chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreci? el ?nico refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dorm? en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no ten?a ropa de cama. Ten?a una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me result? muy dif?cil meterme en ella. Sin embargo, dorm? profundamente, y toda mi visi?n -pues no era ni un sue?o ni una pesadilla- surgi? naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato despu?s de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga proced?a el olor a tierra. La venda en torno a las mand?bulas era un pa?uelo de seda con el que me hab?a atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.

Las torturas que soport?, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, incre?blemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provoc? en mi esp?ritu una reacci?n inevitable. Mi alma adquiri? temple, vigor. Sal? fuera. Hice ejercicios duros. Respir? aire puro. Pens? en m?s cosas que en la muerte. Abandon? mis textos m?dicos. Quem? el libro de Buchan. No le? m?s pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como ?ste. En muy poco tiempo me convert? en un hombre nuevo y viv? una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descart? para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catal?pticos, de los cuales quiz? fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la raz?n, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginaci?n del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ?Ay!, la torva legi?n de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compa??a Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorar?n..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.

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Y si hab?is disfrutado con el relato, el pr?ximo 24 de septiembre se estrena la ?ltima pel?cula de Rodrigo Cort?s:

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Un argumento un poco alejado del relato de Poe (porque se trata de un secuestro), pero claramente inspirado en su "Entierro prematuro".

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Un saludo

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